El Arcanxo Festival regresó este julio a Ponteareas con una propuesta tan variada como honesta, tres jornadas de metal sin postureos ni artificios. Un encuentro donde el sudor, la lluvia y la música se fundieron en una experiencia que recordó por qué seguimos yendo a festivales: por esa energía compartida que no se compra ni se fabrica.
Día 1 – Entre cardados y piruetas
El primer día empezó para mí a medio gas: llegué cuando Cabodano ya estaban terminando, lo justo para quedarme con las ganas de verlos en condiciones. Pero lo que vino después fue un arranque de manual: Toxicull, Roadwolf y Crashdïet, tres vertientes de un heavy clásico ideal para engrasar cuellos y sonrisas. Me quedo con los últimos —divertidísimos, desatados, con ese toque glam que te hace querer cardarte el pelo (a quien le quede…).

El salto a Locomuerte fue eso, un salto. Su thrash punk fue puro desmadre, una fiesta colectiva liderada por un vocalista que desafió la gravedad a base de piruetas. Estuvieron los tres días de festival y se notó que vinieron a pasarlo bien: contagiosos, locos y carismáticos.

Con Konvent llegó la oscuridad. Su death doom fue denso, envolvente, una descarga emocional que me dejó clavado. Sin duda, mi actuación favorita de todo el festival: un viaje hipnótico, oscuro y bello.

Suicidal Angels mantuvieron el tipo, aunque sin llegar a prenderme del todo. Mucha técnica, poca emoción. Pero entonces llegaron Misery Index, y la cosa cambió. Ya me habían reventado en el Kanekas, y aquí repitieron la dosis: pura energía, precisión quirúrgica y actitud. Un cierre redondo para el primer día.

Día 2 – Post black, lluvia y hawaiian thrash
Abrir jornada en un festival nunca es fácil, pero Praetor lo hicieron con dignidad. Buenos temas, buena actitud, y un batería contagioso que tiró del carro.

Luego llegaba uno de los motivos por los que me decidí a venir: Murmur ya que tuve la suerte de trabajar con ellos grabando un vídeo de su actuación y ya me habían ganado cuando los vi en A Coruña junto a Coltaine. En el Arcanxo, con nuevo espectáculo, reafirmaron que son una banda especial. Su post black te lleva en un viaje entre lo melódico y lo cañero, y Beatriz, su vocalista, domina el escenario con una mezcla de teatralidad y garra impresionante. Como único pero, su show habría brillado aún más en un horario más nocturno.

De ahí pasamos al punk sinvergüenza de Black Panda, unos clásicos del caos que nunca fallan. Divertidos, energéticos y gamberros como siempre: un chute de actitud.

Machete Law mantuvieron el ritmo con su crossover, pero la cosa cambió radicalmente con Insanity Alert. Y vaya cambio. El cantante salió con camisa hawaiana y cara de estar en otro sitio, pero en cuanto empezó el concierto se convirtió en un ciclón. Entre riffs, carteles absurdos y su mítico Run to the Pit (versión gamberra de Maiden), dieron uno de los shows más divertidos del festival.

Por desgracia, el diluvio universal decidió hacer acto de presencia. Una pena, porque afectó a lo que venía después. The Exploited, sin Wattie Buchan (por problemas de salud), fueron los más perjudicados. Muchos tuvimos que refugiarnos del agua, aunque lo que alcanzamos a ver fue pura rabia punk, con el vocalista de Locomuerte uniéndose en algunos temas.

Luego llegó la elegancia oscura de Tribulation. Qué maravilla de banda. Clase, estética gótica salida de una novela de Anne Rice, y una ejecución perfecta. De lo mejor del festival, sin duda.

Y para cerrar la jornada, Carach Angren desplegaron su black metal sinfónico con un toque teatral impresionante. Me encantaron. Además, la lluvia dio una tregua justo al final, permitiendo disfrutar de la puesta en escena como se merecía. Después de tanta intensidad, tocaba volver a la furgo a secarse y prepararse para el último asalto.

Día 3 – Cansancio, pogos y final por todo lo alto
El domingo amaneció sin lluvia (¡milagro!) y con las pilas algo descargadas, pero aún con ganas. Arson Tides fueron los encargados de abrir y lo hicieron con actitud. No los había visto antes, y me sorprendieron gratamente: mucha entrega y buenas ideas.

Después, Invictus desde Japón, dieron un concierto espectacular. Técnicos, simpáticos y con una energía contagiosa. Uno de los mejores conciertos de death metal que he visto últimamente, así, sin más. Además, se quedaron todo el día charlando con la gente en el puesto de merchan, un detalle que se agradece.

Y hablando de sorpresas, Deathbringer llegaron desde Bielorrusia para demostrar que allí también hay metal del bueno. Brutales. Un derroche de técnica y fiereza progresiva que me dejó encantado.

Uno de los momentos más esperados era el de Massacre, leyendas vivas del death americano. Con Kam Lee al frente, ofrecieron una descarga tremenda, pogos por doquier y un momento mágico cuando Laura Alfonso (Aneuma) subió al escenario para cantar Evil Dead con ellos. Dueto inolvidable.

Después, Dismal enfrió un poco el ambiente. Ya los había visto en otra ocasión desde su regreso y me dejaron la misma sensación: correctos, pero sin chispa. No todo te puede gustar, supongo.

Malevolent Creation, pese a la ausencia de Phil Fasciana, devolvieron la brutalidad con un set demoledor. Infernal Desire, Blood Brothers… puro cuello roto.

Y para cerrar, Schirenc Plays Pungent Stench, con Martin “El Cochino” al frente, pusieron el broche final con una descarga furiosa que dejó al público exhausto y feliz. Un cierre perfecto para un festival hecho con cariño, honestidad y esencia metalera de verdad, alejado del postureo y del circo comercial en el que se han convertido tantos otros.

Tres días de metal, barro, risas, pogos y camaradería. El Arcanxo Festival se consolida como un evento con alma: diverso, auténtico y cercano. Un festival hecho por y para la gente que ama la música, sin adornos innecesarios, donde las bandas disfrutan tanto como el público.
