La tercera edición del Arcanxo Festival llegaba con un pequeño cambio de formato: de tres jornadas pasábamos a dos. Pero, más allá de reducir días, el festival mantenía intacta la línea de las ediciones anteriores: un entorno fantástico junto al río Tea, en Ponteareas, y un cartel diverso cargado de tralla.
Y este año, además, con una sensación especialmente positiva: más presencia de público que en la edición anterior. Algo que alegra mucho cuando ves crecer una propuesta que sigue apostando por el metal sin recurrir a la maquinaria de marketing de los grandes festivales. El Arcanxo continúa avanzando a su ritmo, con ganas y con mucho trabajo detrás.
Día 1 – Entre el ritual de DANA y el reencuentro con Dark Tranquillity
Entre horarios de trabajo y un gran accidente en la autopista, llegué bastante tarde, así que mi Arcanxo comenzó cuando Sarcator ya llevaba buena parte de su concierto. Estos suecos, que por edad parece que sacaron el licenciado en leña antes de acabar el instituto, eran un buen punto de partida para entrar en materia. Thrash con mala leche y suficiente contundencia como para olvidarse rápidamente del viaje.

Después llegaba uno de los grupos que más ganas tenía de ver en esta edición: los suizos DANA, acrónimo de De l’Abîme Naît l’Aube. Su propuesta es de esas que piden algo más que simplemente plantarse delante del escenario. Lo suyo tiene bastante de ritual, ceremonia y viaje, tanto por la manera de construir los temas como por la puesta en escena. Noté algunos problemas con las voces, pero no fueron suficientes para desmontar un concierto que disfruté muchísimo.
La base de sus composiciones es contundente y la atmósfera que consiguen crear termina atrapándote. Quizá era una propuesta que habría funcionado todavía mejor a otras horas, con la oscuridad acompañando el espectáculo, pero incluso con luz DANA cumplieron sobradamente mis expectativas.

Después llegaba Induction y aquí poco puedo hacer: es cuestión de gustos, y lo tengo clarísimo. Nunca me ha gustado demasiado el power metal. No sé si es porque en mi barrio no había demasiados elementos que conectasen con esa épica de dragones y caballeros o simplemente porque nunca conseguí entrar en ella.
Así que, por mucho que los alemanes contasen entre sus filas con el hijo del mítico Kai Hansen, su concierto me sirvió más para preguntarme si encontrarían finalmente su dragón remontando el río Tea que para meterme en su propuesta. Cuestión de gustos…

Por suerte para mí, Hellripper llegó después para borrar cualquier rastro de duda.
Señor conciertazo.
De los mejores del festival, sin duda, al menos para quien esto escribe. Velocidad, mala leche y una descarga que entró directamente a matar. Su mezcla de black, speed y thrash metal funcionó como un auténtico martillazo, con una energía que obligaba a mover el cuello aunque el cansancio empezase a hacer acto de presencia.

Y entonces llegaba uno de los grandes nombres del cartel: Dark Tranquillity.
Hacía años que no los veía y, siendo sincero, en los últimos tiempos me había alejado algo de sus lanzamientos. Me había quedado bastante anclado en la época de Atoma. Pero bastaron un par de temas para volver a meterme de lleno en su mundo.
Parte de la culpa la tiene, evidentemente, Mikael Stanne. Hay frontman que canta y frontman que te lleva de paseo. Stanne pertenece claramente a los segundos. Su carisma te mete de nuevo en una autopista musical de la que cuesta salir.
Y cuando llegaron “ThereIn” y “Misery’s Crown”, aquello ya estaba hecho. Dos auténticos trallazos para poner el broche perfecto a un directo impecable.

Para terminar la noche llegaban Endernity, aunque aquí apareció una de esas decisiones que no terminamos de entender demasiado. La banda presentó un set basado en versiones, con una parte dedicada a Metallica y otra a Pantera.
No es que las versiones estuvieran mal ejecutadas, pero teniendo en cuenta la cantidad de bandas gallegas con material propio que podrían haber ocupado ese espacio, se nos hizo un poco innecesario. En un festival que apuesta por la escena y que consigue traer propuestas tan variadas, quizá habría sido más interesante aprovechar ese hueco para descubrir algo nuevo.

Día 2 – Calor y vieja escuela
El segundo día comenzó con un enemigo inesperado: el calor.
Y no un calor cualquiera. De esos que hacen que uno empiece a mirar el río Tea con ojos de peregrino y a plantearse seriamente si bañarse vestido puede considerarse una opción válida. Después de varios baños y con la sombra convertida en uno de los bienes más cotizados del recinto, tocaba arrancar la segunda jornada.
Los portugueses Chaos Addiction fueron los encargados de lidiar con esas circunstancias. Mientras buena parte del público buscaba refugio bajo el toldo, ellos se pusieron a trabajar. Y lo hicieron bien: reminiscencias del metal de los 90, energía y ganas suficientes para poner en marcha una jornada que empezaba en condiciones bastante poco favorables.

Después llegaban Savage, una dosis de heavy clásico para los nostálgicos. No soy precisamente el público objetivo, pero reconozco que tuvieron sus momentos, incluido ese punto de espectáculo con la aparición de alguien disfrazado de Leatherface, que siempre ayuda a que un concierto no pase precisamente desapercibido.

Turno de otro de mis must: los portugueses ANZV.
Su black metal quizá no inventa demasiadas cosas nuevas, pero funciona. Y funciona especialmente bien acompañado de la parafernalia de su puesta en escena, que aporta ese componente teatral y oscuro que convierte el concierto en algo más que una sucesión de canciones.
De nuevo, creo que habría ganado enteros con la noche encima, pero aun así me gustaron mucho. Otro de esos grupos que demuestran que no hace falta reinventar el género para ofrecer un directo efectivo si sabes utilizar bien tus armas.

Y entonces llegaron Picture.
Y aquí tengo que reconocer que iba con las expectativas bastante más bajas.
Error.
Vaya clase. Vaya conciertazo.
Los neerlandeses demostraron que llevan unas cuantas décadas sabiendo perfectamente cómo se hace esto. Heavy clásico, actitud y una ejecución impecable. Uno de los momentos altos del festival y, desde luego, una de las sorpresas agradables de esta edición.

Después ya no hubo demasiado margen para la contemplación.
Destruction entraron a barrer.
Thrash metal de vieja escuela, guitarras afiladas y una energía que convirtió el recinto en una trituradora. De esos conciertos en los que miras alrededor y compruebas que prácticamente todo el mundo está dentro de la propuesta. Una auténtica descarga de escuela alemana, directa a la yugular.

Para mí, el festival acabó con Venom Inc.
No porque fueran malos, ni mucho menos. Estaban ofreciendo un buen concierto, pero después de lo vivido con Destruction el listón estaba muy arriba. Además, al día siguiente tocaba viajar y trabajar temprano, y el calor de la jornada ya me había dejado completamente KO.

Así que, con cierto sabor agridulce por no poder quedarme hasta el final, tocó recoger y emprender la retirada.
Eso sí, me fui con una sensación muy clara: quiero volver.
Eso sí, si puede ser, con diez grados menos.
Y es que, más allá de conciertos concretos, lo que me gusta del Arcanxo es que sigue manteniendo algo que muchos festivales han ido perdiendo por el camino: la sensación de que detrás hay gente que realmente quiere que esto suceda.
Tres ediciones ya y una propuesta que sigue creciendo, que apuesta por mezclar estilos, que trae nombres internacionales y que mantiene un entorno fantástico junto al Tea. Todo ello compitiendo contra la maquinaria de marketing de esos grandes festivales que cada vez parecen más preocupados por vender la experiencia que por la música.
Este año, además, noté más presencia de público que en la edición anterior, y eso me alegró muchísimo. Ojalá sea una tendencia y el Arcanxo siga creciendo poco a poco, sin perder esa esencia.
Porque al final, cuando un festival está hecho con ganas, con esfuerzo y con cariño, se nota.
Y el Arcanxo, de momento, se sigue notando.
Nos vemos el año que viene.

