Domingo por la tarde en A Coruña. Afuera, el cielo gris típico del Atlántico; dentro, una penumbra cálida, casi ritual. En la Sala Mardi Gras, el colectivo Mareira volvía a hacer de las suyas: traer sonidos que no buscan gustar, sino sumergir. Esta vez, con los belgas Wyatt E., maestros del trance sonoro y las expansiones lentas.
Desde el primer acorde se sintió que aquello no era un concierto más. Wyatt E. no tocan, invocan. Sus melodías se enredan unas con otras, se repiten como olas y terminan arrastrándote a un estado de calma tensa, de suspensión. Es ese tipo de música que no necesita prisa: una comunión de frecuencias y repeticiones que te acunan y te dislocan al mismo tiempo.

El poder de su directo está en el equilibrio: delicadeza y violencia, trance y descarga. Porque entre esos pasajes casi espirituales surgen explosiones cañeras que te devuelven a tierra, como si el ritual recordara de golpe que la electricidad también es una forma de fe.
En el escenario, un arsenal de instrumentos extendía el vocabulario habitual del trío: batería y dos guitarras acompañadas por campanas, timbales, teclados, bucles y juguetes instrumentales que parecían invocar sonidos del desierto, del agua o de los templos. Todo encajaba con una naturalidad casi mística, sin artificio, como si los objetos tuvieran voz propia.
Y hablando de voces: las “voces” de Wyatt E. no son voces humanas. Son mantras, suspiros, respiraciones amplificadas, murmullos que resuenan más en el pecho que en los oídos. No narran, no cuentan, transportan. Se sienten como un idioma anterior al lenguaje, uno que todos entendemos aunque nadie pueda traducir.

Durante más de una hora, la Mardi Gras se transformó en un espacio suspendido, donde cada nota parecía tener peso y cada silencio, sentido. No hubo bises ni artificio: solo una reverberación larga, espesa, que quedó flotando en el aire mientras el público —quieto, casi en shock— tardaba en volver al mundo real.
Fue una ceremonia colectiva, más que un concierto. Mareira volvió a demostrar su olfato para traer experiencias que desafían el formato y el horario.
Una tarde en la que A Coruña respiró al ritmo de un mantra eléctrico, y todos, por un momento, parecimos parte de la misma onda.

Fue una ceremonia colectiva, más que un concierto. Mareira volvió a demostrar su olfato para traer experiencias que desafían el formato y el horario.
Una tarde en la que A Coruña respiró al ritmo de un mantra eléctrico, y todos, por un momento, parecimos parte de la misma onda.
