• Director: Guillermo del Toro
  • Guión: Guillermo del Toro
  • Fotografía: Dan Laustsen
  • Reparto: Oscar Isaac, jacob Elordi, Mia Goth, Christoph Waltz, Felix, Kammerer, Lars Mikkelsen
  • Año: 2025

Guillermo del Toro vuelve a demostrar que su cine no se contempla: se palpa. Frankenstein es una criatura ensamblada con una precisión casi ritual, donde cada plano parece cosido a mano y cada textura cuenta una historia. Su colorimetría, marca absoluta de la casa, despliega ocres envejecidos, brillos apagados y esas pequeñas pinceladas cromáticas que funcionan como señales emocionales. Nada está puesto por azar: cada tono es un latido.

La película crece sobre una atmósfera monumental, un París reinventado a partir de matte paintings y decorados que parecen salidos de un sueño barroco: Versalles convertido en santuario visual, la Conciergerie respirando humedad y piedra, los pasajes cubiertos como corredores hacia lo imposible. Es un mapa de belleza inquietante que del Toro convierte en un sistema nervioso alrededor de su criatura.
Solo en algunos planos los “quecos” chirrían, recordándonos la fragilidad del artificio entre tanta grandiosidad, pero incluso esos fallos suman carácter, como suturas visibles en un cuerpo renacido.

La fotografía de Dan Laustsen mezcla en una coctelera perfecta la tradición de Mary Shelley y el imaginario oscuro y tierno del cineasta mexicano. Hay sombras que respiran, luces que acarician y primeros planos que exploran la piel, las cicatrices y la humanidad escondida en la monstruosidad. La cámara no registra: susurra.

Las interpretaciones sostienen el alma de la película:

Jacob Elordi, oculto tras capas de maquillaje y prótesis, consigue lo esencial: humanidad, vulnerabilidad y dignidad herida.

El Víctor Frankenstein de Oscar Isaac es un prodigio de contradicciones: irrita, ofende, fascina y finalmente enternece en su pedido de perdón.

A su alrededor orbitan secundarios de lujo: la hipnótica Mia Goth y un Christoph Waltz que convierte cada gesto en un pequeño teatro. Son voces y sombras que completan el mapa emocional del monstruo.

El resultado es un regalo para los sentidos, una resurrección visual y emocional que vuelve a plantearnos esa pregunta eterna: ¿quién es el verdadero monstruo? Y lo hace desde el puro disfrute, con la convicción de que los clásicos merecen ser revisados cuando las manos que los despiertan —como las de Del Toro y su corte de artesanos— los entienden desde dentro.

Que Frankenstein renazca ahora tiene una resonancia especial. En plena era de la inteligencia artificial, creamos nuestros propios Frankenstein cada día: criaturas nacidas de datos y código más que de carne y relámpagos. El desafío, como le ocurrió a Víctor, no está en darles vida, sino en acompañarlas, comprender su alcance y asumir nuestra parte en ellas.
Del Toro resucita el clásico justo cuando más falta hacía: para recordarnos que toda criatura —humana o artificial— nos devuelve la misma pregunta esencial… y que en la respuesta quizá descubramos qué parte de nosotros estamos creando.

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